Ya lo tenía escrito, precisamente esperando un poco de tiempo para subirlo al blog, poruqe últimamente no he escrito nada... :( Me siento mal por eso. Nisiquiera podré tomarme tiempo para escribir algo porque tengo que hacer tareas atrasadas y estudiar para exámenes finales.
Bueno, pues aquí el relatito.
Sus padres lo esperaban como a cualquier niño… hasta el día
de su nacimiento. Irónicamente ese fue el día que dejó de ser esperado, pero
por las mismas razones que los demás padres.
Rechazado por su padre y aún más repudiado por su padre,
encerrado en un cuarto con paredes negras y oscuras, sólo con un sencillo
instrumento musical como distracción. Su cabeza cubierta con tela para no
mostrar el origen de sus males: su maldición. La maldición de haber sido
engendrado con un físico que lo desconocería como ser humano.
Sus rostro era tenebroso y horripilante cono el de un
espectro maldito.
Escondido por años de la sociedad sin recibir un solo gesto
de amor, o cuando menos compasión, por parte de sus progenitores huidores de su
presencia.
Vendido al Sha y obsequiado a la hija de este, utilizado con
bufón de torturas denigrando los pensamientos de aquel que ahora era un
muchacho.
Huye y conoce a un
persa, su única amistad. Adoptando el nombre de Erik
Escondido en las profundidades de la ópera de París
convirtiendo aquel lugar en su oscura morada, abrigándose en el cálido sonido
de la música, una de las pocas cosas buenas que él conocía. Construyendo el
edificio en una fortaleza de trampas y cámaras de tortura. Su castillo de la
muerte, su creación más atroz.
Sumergido en las tinieblas hasta que una vocecita aguda y
cantarina irrumpió en su reinado. Era un sonido tan cálido que lo hacía sentir
la necesidad de salir de la oscuridad y la fría humedad para sentir el tibio
ambiente de la superficie.
Era una voz tan pura que difuminaba la cruda realidad y lo
hacía sentirse comprendido. Olvidando lo duro que era ser una paria.
El sonido le hacía estimar que podía confiar en el poseedor
de esa voz. Tal vez esa persona no lo renegaría como todos hicieron. Pero debía
hallar la forma de acercarse.
—Quiero—hablaba la voz, en lo lejano
—escuchar al ángel de la música.
—Bien, yo seré su
ángel de la música.
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